Salvador

Estábamos en el bar del Makinavaja, seguro que era el bar del Makinavaja. Serafín Marín estaba ya en el hotel duchado y vestido de calle, saboreando el triunfo de su encerrona en la Barcelona más antitaurina de la historia. Nosotros, en el bar que seguro era el del Makinavaja, parcheábamos nuestra crítica reserva de energías tras una jornada qmakinavaja.jpgue comenzó muy temprano, con un bocata y una caña. En el bar del Makinavaja sólo había viejos con su medio tueste a cuestas, y un camarero que lucía en su camisa blanca de camarero unos lamparones como los de los salones del monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Apoyarse en la barra era arriesgarse a no poder separarse de ella nunca más. Y ese olor a fritanga, y el soniquete de la tragaperras.

Por los ventanucos mugrientos se veía la Monumental, mugrienta también, parduzca y tristona a esas horas de la noche, con más aire de fábrica de principios de siglo o de matadero que de plaza de toros. No habíamos sido capaces de llenarla por la tarde, por mucho que intentamos alargar en las reseñas los dos tercios de entrada que realmente hubo, hasta los tres cuartos e incluso hasta el casi lleno. El Sera con seis es que era mucho. Si José Tomás se hubiera puesto el rosa y oro, y no las gafas de sol para ver la corrida una docena de asientos a la derecha de mí…

monumental-de-barcelona.jpg

Que allí estábamos, decía, en el bar del Makinavaja -vamos, el bar del Pirata el del Makinavaja-, Luis Corrales, de impecable traje y corbata, como correspondía al alma mater de todo aquél tinglado que acabábamos de vivir, Israel Vicente, camisa a cuadros y chaqueta de pana, muy a lo pijo-rojo, y Mario Juárez y yo, vestidos como corresponde a dos jóvenes para los que el estilismo personal ocupa el puesto 99 en la lista de las 100 prioridades. Había uno más, que creo fue el único que no cenó. Por eso participó en la conversación apoyado en la tragaperras y no en la barra. Tenía una pinta de macarra muy conseguida, de esas que no se pueden imitar con un desaliño estudiado a conciencia. Le caían como un guante aquella chupa ajada por el uso y no porque se la hubiera comprado ya con apariencia de haber estado usada, y aquellos caracoles cenizosos que le disculpaban de utilizar el peine.

El macarra, con su delicioso acentazo catalán, y los otros tres, con sus anodinos acentos de ninguna parte, platicaban de lo que había sido y de lo que había no sido un día de emociones a flor de piel. Yo no decía nada, sólo escuchaba, y como a lo lejos; estaba allí pero en realidad es como si lo estuviera viendo desde fuera. Me veía a mí con los otros cuatro, en el bar del Makinavaja, metiendo el puño en el tabacazo que llevaba -que lleva todavía- la fiesta en la Barcelona más antitaurina de la historia, y veía un repóker de perdedores trasnochados, defensores de una causa perdida. Y me sentí como Dios, porque como a Dios -o eso dicen los curas y sus libros-, me tiran más los perdedores que los otros.

Once y pico de la noche; se nos hacía la hora de volver a Madrid a Mario y a mí. El macarra de la chupa se ofreció para acercarnos a la estación de autobuses. Tenía un ramplón furgoneto de fontanero nada macarra que me terminó de convencer de que aquél tío era macarra de verdad. Salvador Boix, chupa ajada y caracoles cenizosos, al volante.

Dos años después, dos macarras se echan a la carretera: uno, como el apoderado Salvador (Boix); y el otro, para muchos -a mí la ilusión me dice que también-, como el salvador.

P.D. Tenía fotos de aquél día, y también escribí algo de las sensaciones que recogí en el bar que era como el del Makinavaja, pero todo aquello se fue con el portátil que algún hijo de la gran puta me mangó hace un año.

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5 Respuestas a “Salvador

  1. ¿te has dado cuenta de que ahora no podrían echar esa serie en la tele? ¿Recuerdas uno de los personajes? Pues eso…

  2. Muy bueno.

  3. Tío, si no te lo he dicho nuca, te lo digo: escribes de puta madre.
    A mí también me tiran muchísimo más los perdedores que “los otros”, de hecho estaba pensando algo para mi blog al respecto que seguro que se queda en agua de borrajas, como todo.
    ¡¡Qué envidia me das!! Parece que estoy viendo a Israel con su camisa de cuadros y su chaqueta de pana eso de “pijo-rojo” le va de puta madre 😀
    Por cierto, ¿no te resulta curioso que se llame precisamente “Salvador”? A lo mejor son paranoias mías…

  4. ¿¿Pijo rojo?? ¡Seréis cabrones! No me acordaba de ese día, tantas cosas pasaron que cuando te relajas es como si la memoria desconectara

  5. Pingback: Que soñéis con naturales tersos y eternos « Cuchilladas D. C.

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