Segunda planta de un edificio del complejo Ática, Pijuelo de Alarcón, nueve y pico de la mañana. En mi mesa, las galeradas del tomo 11 desparramadas por mitad de la ‘A’; en la de Milagros, como siempre, barricadas de originales anillados en tapa dura. Milagros es como Dios para los escritores: hágase según tu voluntad, Milagros. Éste se hace rico; este otro igual se va a ver jodido para comer los próximos meses. Tú sí, tú no. Como Dios.
-Milagros
-¿Sí?
-Oye, que es que estoy terminando La conjura de los necios y, bueno, que me habían dicho que era la rehostia y no veas si me está costando llegar al final. Que no, vamos, que no me ha terminado de convencer.
-A mí tampoco…
-Hostias, menos mal, no estoy loco.
-Ese libro es más la historia que tiene detrás. Es una obra maldita, la madre del escritor tuvo que luchar muchísimo para que se lo publicaran (…)
Pues eso. Dice también Milagros que lo pasó mal leyéndolo por la sordidez del relato y de su protagonista, Ignatius. Eso es lo que yo buscaba, sordidez. Y después de Chinaski, Ignatius Reilly me ha parecido Pitita Ridruejo.
Si superé la decepción de Los mundos de Yupi tras haberme criado con Espinete, cómo no voy a recuperarme de ésta.




